«Los chiles en nogada de mi tía Vicky»
Es septiembre y acaban de pasar las fiestas patrias (las mexicanas). Es época de chiles en nogada. Desde que mi tía Vicky comenzó a cocinarlos y venderlos me he negado a comer alguno que no haya sido preparado por ella. Es uno de los platillos mexicanos más típicos y más conocidos en el país y, curiosamente, muy desconocido en el resto del mundo. Supongo que por su complejidad tanto para prepararlos como para conseguir alguno de sus ingredientes. Su presentación representa la bandera mexicana: el chile verde, la salsa de nogada blanca y la granada roja. Es uno de mis platillos favoritos que hoy, que escribo desde el otro lado del Atlántico, es una de las cosas que más echo de menos de México. No se sabe cuál es su origen. Podrían haber sido unas monjas agustinas en un convento en Puebla quienes, supongo yo, aburridas de la vida contemplativa jugaban a inventar platillos mezclando ingredientes mexicanos y españoles. Otros piensan que esta delicia solo nos pudo haber llegado implorándolo a los dioses (bueno, a los santos pues en el cristianismo solo hay uno, pero afortunadamente se tienen muchos santos para elegir a ver cuál nos hace el milagrito). Fue, supuestamente, san Pascual Bailón, patrono de las cocineras, quien escuchó las plegarias y le regaló a México este exquisito platillo. Haya sido de la manera en que haya sido, lo que es un hecho es que fue uno de los grandes legados del mestizaje y que, sin la llegada de los españoles, hubiera sido imposible crearlos.

Maricruz Zambrana Jirash, 27 de septiembre de 2022.
«Un nuevo lienzo»
Tengo en mis manos el libro Mitología Azteca de Javier Tapia. Me topo con la leyenda de la llorona, tan conocida en México, pero tan desconocido su origen. Decido adentrarme en la historia en lo que escucho la famosa canción. Los primeros acordes me hacen recordar un viaje en coche que hice hacia Oaxaca. No tengo la fortuna de conocer el Istmo de Tehuantepec, lugar en donde se creó la música y la letra por alguien cuyo nombre ha sido borrado por el viento. Pero sí he cruzado la Sierra Madre para llegar hasta Oaxaca o Chiapas. Escribo estas lineas a miles de kilómetros de aquella cadena montañosa cuya magnificencia es difícil de delinear con unos cuantos vocablos. Mi mente está ahí, en los tantos viajes que hice a la zona mixteca y zapoteca. Supongo que así es mi vida, entre esos dos mundos que en algún momento fueron tan lejanos como dos galaxias distintas pero que, cuando se encontraron, tejieron juntos un nuevo lienzo.
Maricruz Zambrana Jirash. 23 de septiembre de 2022.
«El Palacio de Cristal»
En El Palacio de Cristal se podía encontrar de todo: hilos, listones, perfumes, juguetes y cuantas cosas viera el abuelo Salim en sus viajes a París. Eso es lo que yo imagino, aunque creo que él pocas veces hacía esos largos viajes que le hubieran tomado semanas (si no es que meses). ¿Se imaginan viajar en tren de Aguascalientes a la Ciudad de México, de ahí a Veracruz para tomar un barco a algún puerto del viejo continente y de ahí a París? Así que supongo que los viajes los hacía alguien más y no mi propio bisabuelo. Lo cierto es que la mercancía que se vendía en aquella tienda establecida en el parián de Aguascalientes provenía mayoritariamente de París. La alta sociedad hidrocálida ya no tenía que transportarse a la Ciudad de México para ir a las tiendas departamentales de moda. La modernidad había llegado a su ciudad y Salim, como buen libanés, supo hacer un gran negocio con los productos que vendía.

Cuando yo nací, el abuelo Salim tenía varios años de haber muerto y con él también murió su tienda. Aguascalientes fue abandonado por todos sus hijos pues la capital ofrecía mejor nicho de expansión. La única excepción fue mi abuelo quien desde joven demostró ser un mal «harbano». Es decir, el comercio siempre se le dio mal por lo que prefirió convertirse en médico y ejercer en su ciudad natal. Así pasaba yo todas mis vacaciones junto a mis primos en un casononón del que recuerdo cada uno de sus detalles. A unos cuantos pasos se encontraba el Parián y mi madre y mis tías nos llevaban por raspados, cómics o solo a pasar el rato. Ellas sentían nostalgia por la tienda desaparecida de su propio abuelo, nosotros no pues nunca la conocimos. Aunque la nostalgia se transmite y el día de hoy tengo ese mismo sentimiento por una época que no me tocó vivir.
El momento lamentable se dio cuando a Aguascalientes llegó la modernidad (o la posmodernidad en el sentido peyorativo de la palabra) y aquel mercado decimonónico construido de piedra y en donde cada arco marcaba la entrada a una tienda fue convertido en un centro comercial de colores chillantes y vidrios espejados.
Hoy he recordado esa historia por la imagen que encontré en un libro de historia acerca del vendedor de telas en el Parián de la Ciudad de México. Aquellos mercados característicos de México se han perdido. Menos mal que pervive esta magnífica fotografía de aquel libanés en El Palacio de Cristal.
Maricruz Zambrana Jirash. 19 de septiembre de 2022.
«Gran Cairo»
Tenía dieciséis años cuando me llevaron a Dzidzantún. Había estado en Mérida como participante de una exhibición de nado sincronizado. En realidad no recuerdo quién nos reunió ni por qué. Lo que sí sé es que, en agradecimiento, nuestro equipo fue invitado al municipio de Dzidzantún a comer a casa de alguno de los que había organizado el evento deportivo. Después de la sopa de lima, la cochinita pibil y la enchilada que me di al probar por primera vez el chile habanero, nos llevaron al Convento de Santa Clara Dzidzantún, un antiguo templo franciscano construido en el siglo XVI. Durante años no supe en dónde estaba. Es decir, sabía que estaba a una hora en coche de Mérida, pero no tenía idea de por qué había un templo franciscano en un pueblo perdido del sureste mexicano. Hace poco me enteré que fue este lugar el que los españoles bautizaron como Gran Cairo por ser el primer lugar en América en el que vieron edificios de piedra que podían asemejar a las pirámides de Egipto (o lo que ellos imaginaban como las pirámides pues ningún castellano de los que habían ido a América conocía Egipto). Fue durante la primera expedición que se hizo por órdenes de Diego de Velázquez y al mando de Francisco Hernández de Córdoba. No fue, sin embargo, el primer encuentro entre españoles y yucatecos. Para cuando los exploradores castellanos se sorprendieron por las construcciones mayas, los primeros mestizos habían nacido ya.
Maricruz Zambrana Jirash. 13 de septiembre de 2022.
«Curiosidades del Nuevo Mundo»

Qué días aquellos en los que mi única responsabilidad era estudiar. Recuerdo una tarde que al salir de la Facultad de Filosfía y Letras de la UNAM, en Ciudad Universitaria, decidí caminar hasta la Colonia Roma. Según Google Maps son 14 kilómetros en linea recta (ya que una misma calle conecta estos dos puntos). Apenas la mitad de distancia de lo que mide la Avenida Insurgentes, la calle más larga de México (y la sexta del mundo). Intento ahora pasear por la calle más larga de Madrid, la emblemática Calle de Alcalá, que, aunque su distancia es más corta que lo que anduve cuando era estudiante, no me da tiempo a recorrerla en su totalidad. Entre las responsabilidades que uno adquiere de mayor y que sigo pareciendo turista en Madrid (aunque ahora vivo aquí) y me paro cada dos minutos para hacer fotos, apenas me da tiempo de caminarla de la Puerta del Sol hasta su intersección en la Calle de Goya. Paso, sin embargo, por el Palacio de Goyoneche que es mejor buscarlo en internet como Real Academia de Bellas Artes pues el otro nombre nos lleva a un palacio homónimo que se encuentra en Perú. El de Madrid fue construido en el siglo XVIII y años después comprado por Carlos III (obvio el de España, el de las Reformas Borbónicas, aunque hoy está de moda el nuevo Carlos III del Reino Unido) para albergar el Real Gabinete de Historia Natural a donde fueron llevados la mayor parte de los objetos que eran traídos de América (como una pierna con huarache maya cuya imagen pueden verse en mi Instagram hikaya_history). Era la única manera que los reyes españoles podían acaso imaginar cómo eran las tierras de los que eran dueños. En esos gabinetes había desde restos arqueológicos de las civilizaciones vencidas hasta cualquier tipo de fauna y flora que pudiera sobrevivir al paso del tiempo. La colección que albergó el Palacio Goyoneche en Madrid ahora se encuentra en el Museo de América. Espero un día lluvioso para sustituir las caminatas por los museos y acercarme a ver aquellas curiosidades del Nuevo Mundo que a mí me transportan a mi viejo mundo.
Maricruz Zambrana Jirash, 13 de septiembre de 2022.
«Malinchista»
«Eres una malinchista». Me han llamado así alguna que otra vez. Desconozco si fuera de México las personas conocen lo que significa el término «malinchista». De acuerdo a la RAE, malinchista es aquel que «muestra apego a lo extranjero con menosprecio de lo propio.» No considero que yo menosprecie lo propio. No al menos ese México profundo que es una mezcla hermosa de lo indígena con lo español. Qué digo con lo español. Los hispanos nos heredaron la mayor parte de su cultura, pero también llegaron franceses, alemanes, libaneses, judíos y hasta húngaros (uno de mis alumnos era descendiente de algún húngaro perdido que llegó a México en tiempos de Maximiliano de Hasburgo y decidió no volver al Imperio Austro-Húngaro cuando Benito Juárez derrotó al jefe del Segundo Imperio Mexicano). Ahora que me encuentro lejos de la tierra que me vio nacer, la nostalgia me invade. Hoy por la mañana, por ejemplo, recordé esas veces que iba de madrugada por un café o un moka (mezcla de café con chocolate caliente estilo mexicano que desprende un exquisito olor a canela) al Jarocho que se encuentra en Coyoacán. Vienen a mi memoria mis viajes por Palenque o Huejotzingo. Aquellas veces que me iba con suficiente tiempo a la ENAH (Escuela Nacional de Antropología e Historia) para sentarme en la pirámide de Cuicuilco a sentir un poco de paz dentro de la caótica ciudad. Conozco la historia de México y la acepto tal cual es. No tengo menosprecio por aquello que ha formado México. Aunque una parte de mí sí muestra apego a lo extranjero. La falta de orden, de limpieza y de seguridad son algunas de las cosas por las que muestro desprecio de mi país. La libertad, sobre todo la libertad es lo que admiro de algunos países extranjeros. La música y el cine extranjero los he preferido sobre lo mexicano. Y en cuanto a literatura, admiro tanto a escritores de una nacionalidad como de otra. ¿Tener en mi lista de Spotify mayoritariamente música en inglés me hace ser malinchista? ¿Rechazar a cierta parte de la sociedad mexicana por corrupta, arribista y prepotente me hace ser malinchista? ¿Preferir haber salido de México en busca de un futuro mejor para mis hijas me hace ser malinchista? Habría que conocer a fondo la historia de Malintzin para saber que ella no traicionó a su patria. El término malinchista está mal empleado. Es parte de una construcción identitaria decimonónica. Comprendiendo esto, entonces sí soy malinchista.
Comienzo así este recorrido que nos llevará a comprender el inicio de lo que llamamos México. Esa mezcla de sangre de distintas razas que forman hoy a todos los mexicanos.
Maricruz Zambrana Jirash. 6 de septiembre de 2022.
