Los primeros mestizos

Fernando González Sitges tiene una trilogía de documentales que tratan acerca de la Conquista de México. He hablado ya acerca de Malintzin. Y no podía dejar atrás al extremeño cuyo empeño y obstinación hicieron que cayera Tenochtitlan. Pero no es de Hernán Cortés: un hombre entre Dios y el Diablo que me detengo a hablar. Sino de Gonzalo Guerrero: Entre dos mundos. Me imagino a González Sitges (director y guionista) intentando dilucidar cuál de las historias de Gonzalo Guerrero es la verdadera. ¿La que contaba Bernal Díaz del Castillo que fue testigo presencial pero no conoció a Guerrero? ¿O la de Francisco López de Gómara, capellán de Hernán Cortés, quien nunca visitó América? Lo que hace el director del documental es darnos las distintas versiones dadas por los cronistas y explicar si era o no posible que pasara tal o cual hecho histórico. Aunque al final, es el mismo Gonzalo Guerrero quien narra su propia historia. Imposible saber por qué decidió quedarse a vivir con los mayas y no volver con los españoles. ¿Su familia? ¿La aversión por el fanatismo religioso cristiano? ¿La vergüenza de haberse tatuado como lo sugieren los cronistas? Incluso se ha llegado a especular que padeció lo que se conoce como el Síndrome de Estocolmo. Gonzalo Guerrero murió luchando en contra de sus compatriotas y se llevó a la tumba esa extraña decisión. Bueno, extraña bajo la lupa occidental. No deja de ser un hombre que las circunstancias lo llevaron a otra tierra en donde conoció a una mujer y formó una familia. ¿Por qué habría de regresar si su hogar estaba con los mayas? Lo cierto es que para 1519 que Cortés llegó a Yucatán, Gonzalo Guerrero ya tenía hijos legítimos, fruto del amor entre él y una mujer maya. Fueron ellos los verdaderos primeros mestizos. Aunque han quedado en el olvido pues fueron ellos los vencidos. 

Entre dos mundos – la historia de Gonzalo Guerrero de Fernando González Sitges.

Cortés y la Malinche. ¿El primer mestizaje?

«Cortés y Malinche». José Clemente Orozco. Colegio de San Ildefonso. Fotógrafo: Ernesto R. Amaro

Se dice que Martín Cortés, hijo de Hernán y Malintzin, fue el primer mestizo. Así nos lo mostró José Clemente Orozco en el gran mural titulado «Cortés y la Malinche» que puede encontrarse en el Colegio de San Ildefonso en la Ciudad de México. Ella morena y él blanco, demasiado blanco para un extremeño. Pero así nos hemos imaginado las diferencias entre el español y el indígena. ¿Quién es aquél ser que se encuentra a los pies de Cortés y Marina? ¿Será el mestizo sometido? ¿Es pisoteado por los conquistadores? No se sabe. Los historiadores del arte tienen varias interpretaciones. No me detengo en ello, sino en la historia de amor o de conveniencia entre estos dos seres que son considerados por algunos como los padres del México mestizo. Se dice que el extremeño solo utilizó a Malintzin para lograr sus objetivos de conquista y para saciar sus necesidades de hombre. Es difícil contradecir estas dos afirmaciones. Malintzin, por su parte, encontró en Cortés el eslabón que la llevó de esclava a la primera mujer indígena en conseguir una encomienda. Lo cierto es que Hernán nombró al hijo que tuvo con Marina de la misma manera que se llamaba su padre: Martín. Martín Cortés -abuelo del considerado primer mestizo- apoyó a su hijo en todo momento, incluso cuando decidió dejar la Universidad de Salamanca (si es que alguna vez ingresó ahí) para aventurarse en el desconocido Nuevo Mundo. Es decir, el metelinense, honró al mestizo dándole el nombre de su abuelo. Así de importante fue Martín Cortés. Hernán tuvo más hijos, legítimos e ilegítimos, blancos y mestizos, pero se dice que este Martín (porque tuvo un hijo con su segunda esposa a quien también nombró de esta manera) fue su hijo predilecto. No se puede saber si hubo una historia de amor entre Cortés y La Malinche. Lo cierto es que sí la hubo entre el considerado primer mestizo y sus padres. Esta representación, sin embargo, hace que nos olvidemos del verdadero primer mestizo. Será porque el otro, el original, no vistió como español sino como indígena. 

La Malinche y el Malinche

Hablé ya acerca de dónde viene el nombre de Malinche. Sin embargo, hay otra hipótesis que explica el origen de este nombre. Imposible saber cuál de las dos es la correcta ya que lo que nos ha quedado son crónicas escritas años después de que sucedieron estos hechos. Además, cómo saber cuál de éstas nos dicen la verdad si cada una de ellas fue escrita con un propósito claro bajo la conveniencia del autor. Esta nueva teoría habla también de él, es decir, el Malinche. Algunos dicen que se enamoró de ella o ella de él, otros solamente mencionan que fueron amantes (no hay duda de ello pues hasta un hijo tuvieron). Da un poco lo mismo para nuestro propósito indagar en si lo que tuvieron fue amor, calentura o pura conveniencia. Lo que nos compete en este momento es por qué algunos mencionan que Hernán Cortés era Malinche.

Detalle de una de las Tablas de la Conquista de México. Siglo XVIII. Museo de América

Se dice que el nombre original de la mujer que acompañó a Cortés en el proceso de Conquista era Malinalli cuya traducción del náhuatl es «hierba torcida». Algunos dicen que cuando se la regalaron a Cortés como esclava la eligió de entre las demás y fue él quien le dio el nombre cristiano de Marina al juntar el nombre de sus padres: MARtín y CristINA. No me fio mucho de esta interpretación pues pongo en duda que solo por verla el conquistador haya quedado prendado de ella. Me gusta más pensar que lo que le llamó la atención fue la inteligencia de la indígena y no solo su aspecto. En fin, es una bonita historia esa de que quiso darle el nombre de sus padres. Los españoles la llamaban entonces Marina pero los indígenas seguían dirigiéndose hacia ella como Malinalli. A Cortés entonces le decían «el señor de Malinalli». Había mencionado en otro post que el sufijo tzin significa señor (o señora). En este caso, «el señor de Malinalli» se traduce al náhuatl como «Malinalli-tzin». La historia termina de igual manera que la pasada. Los españoles al no poder pronunciar la t y la z juntas deforman el nombre a «Malinche». Así Malinche pasa a ser Hernán Cortés, «el señor de Malinalli», es decir, el dueño de doña Marina. Amantes enamorados o no, Hernán y Marina terminaron siendo uno mismo. Ambos son Malinche.

Orteguilla ¿Ficción o realidad?

Durante unos momentos dudé si el paje Orteguilla era un personaje ficticio o real. Para quienes nunca hayan oído hablar de él, Orteguilla fue paje de Cortés. Aprendió a hablar náhuatl (lo cual no puede decirse lo mismo de muchos de los españoles que llegaron al actual México), por lo que fue uno más de los llamados «lenguas» que hoy conocemos como traductores. El conquistador, muy amablemente, le cedió su paje al gran tlatoani Moctezuma. Claro que eso de «amablemente» es una ironía pues Orteguilla, al parecer, se convirtió en un espía al estilo Mata Hari, pero sin sus curvas ni sus dotes artísticos. Aun siendo historiadora, yo apenas conocí a este personaje gracias a la novela Yo, Moctezuma. Emperador de los aztecas del gran académico Hugh Thomas. Aun no leo el libro de Laura Esquivel, pero éste de Thomas lo devoré desde su primera página pues desde el principio no sé si el autor nos engaña al decir que, por su paso en Austria, halló el Códice Moctezuma en un monasterio agustino. Tal códice, de acuerdo al historiador británico, «le fue dictado [a Orteguilla] por el emperador, sobre todo en abril de 1521 y, posteriormente, en diferentes fechas entre ese mes y junio del mismo año.» Quien sepa un poco de historia sabrá que es imposible que Moctezuma hubiera dictado sus memorias en aquella fecha pues murió en junio de 1520. Más aun, de acuerdo al INAH (Instituto Nacional de Antropología e Historia), el Códice Moctezuma se encuentra resguardado en la Biblioteca de dicha institución (en México y no en Austria) y ha sido poco estudiado. Aun así, no deja de ser una magnífica novela en donde la ficción y la realidad se entremezclan. Pocas personas han llegado a conocer tanto a los personajes principales de la Conquista de México como el mismo Hugh Thomas. Así que, ficción o no, es éste un interesante libro para adentrarnos en el pensamiento del tlatoani mexica. Al final, Thomas nos deja con tantas preguntas que uno no puede dejar de navegar en la inmensidad de la red para saber qué es lo que dicen los académicos con respecto a lo que escribe. Poco he encontrado en mi gran búsqueda. Si alguien tiene una opinión y quiere por favor esclarecer si la piedra mató a Moctezuma o no, por favor escríbalo en los comentarios. ¿Será cierto que Malinche fue quien lo mató?

La seducción de Marina y Laura

Tengo en mi posesión la novela La Malinche de Laura Esquivel. En España no puede encontrarse más que en su traducción en inglés. Tengo, sin embargo, la fortuna de contar con una Kindle con suscripción mexicana. Aunque pensándolo mejor, no sé si eso sea más bien una desfortuna. La inmediatez en las compras electrónicas me hacen ignorar la torre de libros que aguardan en el escritorio en el que me siento a preparar mis clases y a escribir mi tesis doctoral. Me enamoré del personaje de Malintzin y quiero leer una novela acerca de ella. Además, Como agua para chocolate -el único libro de Laura Esquivel que he leído- me cautivó cuando yo tenía dieciséis años. «Seguro que te lo lees igual de rápido» me dice el diablito que me acompaña en los días de compra y en las noches de insomnio cuando navego en el océano inmenso del internet. Sin pensarlo aprieto el botón de «Comprar en 1-Click». La Malinche sigue estática en la biblioteca del lector de libros electrónicos. Agradeceré cualquier comentario positivo acerca de la novela para animarme a olvidar el trabajo y la tesis y dejarme seducir por Marina y por Laura y así, través de la ficción conocer parte de la realidad.

Descubriendo a Marina

Suelo ponerme a leer o sentarme frente al televisor para lograr conciliar el sueño por la noche. Las clases actuales que estoy preparando acerca de «La Conquista de México» me hicieron conocer el documental Malintzin, la historia de un enigma. Una noche decido ponerla en YouTube disque para enterarme un poco más acerca del encuentro de los dos mundos. Mi verdadera intención era poner cualquier cosa para quedarme dormida. ¿Cuántos de nosotros no hemos roncado frente a la pantalla con algún documental? Culpo a Fernando González Sitges (el director del documental) de mi mal humor la semana pasada por no haber dormido las horas necesarias. Es fascinante la historia de esta mujer y la manera que lo narra González Sitges hace que el personaje nos cautive. No solo terminé de ver esa misma noche el documental, sino que me llevó a adentrarme en la vida que se conoce de esta mujer y de reflexionar acerca de lo mal que se ha usado su nombre.

Malintzin. La historia de un enigma de Fernando González Sitges.

La maldición de la Malinche

Me gusta escuchar música que narra alguna parte de la historia. Como los famosos corridos mexicanos o las canciones que cantaban republicanos o franquistas durante la Guerra Civil Española. «La maldición de la Malinche» de Amparo Ochoa y Gabino Palomares no nos dice nada nuevo aunque sí lo hace de una manera poética. Los mexicanos tenemos la maldición de haber visto a los españoles como dioses. «En ese error nos quedamos 300 años de esclavos.» Lo que me interesa de esta canción es que nos cuenta más acerca de lo que se pensaba en 1975 -cuando la misma fue compuesta- que de todo el periodo virreinal. Pobre Malinche que su maldición ha hecho que México no despegue. Los culpables de la pobreza del país son los extranjeros, los blancos, los occidentales, los barbados. Ésa es una manera de ver la historia. La otra es reconociendo nuestra propia culpa y, de ahí, intentar remendar los errores. Pero ¿a quién le gusta reconocer sus errores? Siempre es más fácil tener un chivo expiatorio como el culpable. La canción, sin embargo, sí cuenta una muy triste realidad. Aquella en la que el rubio es bien recibido y el indio humillado. Pero no fueron los españoles de hace 500 años quienes hicieron tal distinción, sino los mexicanos actuales. Nosotros, los mestizos, los que tenemos mezcla de sangre somos quienes deificamos a los güeros y dejamos de ver a los indígenas. Pobre Malintzin que hasta de racismo se le ha acusado.

«Malinchista»

«Eres una malinchista». Me han llamado así alguna que otra vez. Desconozco si fuera de México las personas conocen lo que significa el término «malinchista». De acuerdo a la RAE, malinchista es aquel que «muestra apego a lo extranjero con menosprecio de lo propio.» No considero que yo menosprecie lo propio. No al menos ese México profundo que es una mezcla hermosa de lo indígena con lo español. Qué digo con lo español. Los hispanos nos heredaron la mayor parte de su cultura, pero también llegaron franceses, alemanes, libaneses, judíos y hasta húngaros (uno de mis alumnos era descendiente de algún húngaro perdido que llegó a México en tiempos de Maximiliano de Hasburgo y decidió no volver al Imperio Austro-Húngaro cuando Benito Juárez derrotó al jefe del Segundo Imperio Mexicano). Ahora que me encuentro lejos de la tierra que me vio nacer, la nostalgia me invade. Hoy por la mañana, por ejemplo, recordé esas veces que iba de madrugada por un café o un moka (mezcla de café con chocolate caliente estilo mexicano que desprende un exquisito olor a canela) al Jarocho que se encuentra en Coyoacán. Vienen a mi memoria mis viajes por Palenque o Huejotzingo. Aquellas veces que me iba con suficiente tiempo a la ENAH (Escuela Nacional de Antropología e Historia) para sentarme en la pirámide de Cuicuilco a sentir un poco de paz dentro de la caótica ciudad. Conozco la historia de México y la acepto tal cual es. No tengo menosprecio por aquello que ha formado México. Aunque una parte de mí sí muestra apego a lo extranjero. La falta de orden, de limpieza y de seguridad son algunas de las cosas por las que muestro desprecio de mi país. La libertad, sobre todo la libertad es lo que admiro de algunos países extranjeros. La música y el cine extranjero los he preferido sobre lo mexicano. Y en cuanto a literatura, admiro tanto a escritores de una nacionalidad como de otra. ¿Tener en mi lista de Spotify mayoritariamente música en inglés me hace ser malinchista? ¿Rechazar a cierta parte de la sociedad mexicana por corrupta, arribista y prepotente me hace ser malinchista? ¿Preferir haber salido de México en busca de un futuro mejor para mis hijas me hace ser malinchista? Habría que conocer a fondo la historia de Malintzin para saber que ella no traicionó a su patria. El término malinchista está mal empleado. Es parte de una construcción identitaria decimonónica. Comprendiendo esto, entonces sí soy malinchista.

Comienzo así este recorrido que nos llevará a comprender el inicio de lo que llamamos México. Esa mezcla de sangre de distintas razas que forman hoy a todos los mexicanos.

Maricruz Zambrana Jirash. 6 de septiembre de 2022.

«Malintzin, Marina o Malinche»

¿De dónde viene el término «malinchista«? Todos los mexicanos lo sabemos. De «La Malinche». La amante de Hernán Cortés. Aquella mujer que decidió traicionar a su patria y ayudó a los conquistadores. A muchos nos han contado la historia de esa manera. Malinche no se llamaba Malintzin ni Marina. En realidad, desconocemos cuál era su verdadero nombre. Aquel que estaría relacionado con el día de su nacimiento como se acostumbraba en el México Prehispánico. Lo que sabemos es que los españoles al bautizarla la llamaron Marina y que aquellos que hablaban náhuatl, al no utilizar la r en su lengua, lo convirtieron en Malina. Al verla como una gran señora -la única mujer fuera de la familia de Moctezuma quien habló con el tlatoani- le agregaron el sufijo tzin que significa el respeto que mostraban hacia ella. De ahí que la conozcamos como Marina o Malintzin. Ella no traicionó a su patria. La patria no existía en el siglo XVI. Las nacionalidades, tal cual las conocemos hoy, fueron un invento del siglo XIX. Invento que se ajustó como anillo al dedo para crear un país dentro de un territorio dividido y con múltiples identidades y lenguas. Más aún, Malintzin no era mexica. Los españoles sí conquistaron México con ayuda de esta gran mujer (entre muchos otros indígenas que también ayudaron), pero México se reducía al territorio que ocupaba el Imperio Mexica. De acuerdo a Bernal Díaz del Castillo, Malintzin nació en Olutla, un poblado de la actual Veracruz que se encontraba fuera de los límites del mal llamado Imperio Azteca. Habrá sido uno más de los tantos pueblos sometidos o que intentaron someter los tenochcas. Malintzin, quien fue robada o regalada como esclava desde niña, no tenía por qué tener ninguna lealtad hacia los mexicas. Así que ni traidora ni malinchista. Malintzin debería de ser el emblema de muchas mujeres que luchan por superarse. Los mexicanos, además, deberíamos de adentrarnos en lo poco que se conoce de la vida de esta gran mujer para cerrar heridas que fueron creadas en en siglo XIX.

«Marina, Malintzin o Malinche»

¿De dónde viene el término «malinchista»? Todos los mexicanos lo sabemos. De «La Malinche». La amante de Hernán Cortés. Aquella mujer que decidió traicionar a su patria y ayudó a los conquistadores. A muchos nos han contado la historia de esa manera. Malinche no se llamaba Malintzin ni Marina. En realidad, desconocemos cuál era su verdadero nombre. Aquel que estaría relacionado con el día de su nacimiento como se acostumbraba en el México Prehispánico. Lo que sabemos es que los españoles al bautizarla la llamaron Marina y que aquellos que hablaban náhuatl, al no utilizar la r en su lengua, lo convirtieron en Malina. Al verla como una gran señora -la única mujer fuera de la familia de Moctezuma quien habló con el tlatoani- le agregaron el sufijo tzin que significa el respeto que mostraban hacia ella. De ahí que la conozcamos como Marina o Malintzin. Ella no traicionó a su patria. La patria no existía en el siglo XVI. Las nacionalidades, tal cual las conocemos hoy, fueron un invento del siglo XIX. Invento que se ajustó como anillo al dedo para crear un país dentro de un territorio dividido y con múltiples identidades y lenguas. Más aún, Malintzin no era mexica. Los españoles sí conquistaron México con ayuda de esta gran mujer (entre muchos otros indígenas que también ayudaron), pero México se reducía al territorio que ocupaba el Imperio Mexica. De acuerdo a Bernal Díaz del Castillo, Malintzin nació en Olutla, un poblado de la actual Veracruz que se encontraba fuera de los límites del mal llamado Imperio Azteca. Habrá sido uno más de los tantos pueblos sometidos o que intentaron someter los tenochcas. Malintzin, quien fue robada o regalada como esclava desde niña, no tenía por qué tener ninguna lealtad hacia los mexicas. Así que ni traidora ni malinchista. Malintzin debería de ser el emblema de muchas mujeres que luchan por superarse. Los mexicanos, además, deberíamos de adentrarnos en lo poco que se conoce de la vida de esta gran mujer para cerrar heridas que fueron creadas en en siglo XIX.