Tengo en mi posesión la novela La Malinche de Laura Esquivel. En España no puede encontrarse más que en su traducción en inglés. Tengo, sin embargo, la fortuna de contar con una Kindle con suscripción mexicana. Aunque pensándolo mejor, no sé si eso sea más bien una desfortuna. La inmediatez en las compras electrónicas me hacen ignorar la torre de libros que aguardan en el escritorio en el que me siento a preparar mis clases y a escribir mi tesis doctoral. Me enamoré del personaje de Malintzin y quiero leer una novela acerca de ella. Además, Como agua para chocolate -el único libro de Laura Esquivel que he leído- me cautivó cuando yo tenía dieciséis años. «Seguro que te lo lees igual de rápido» me dice el diablito que me acompaña en los días de compra y en las noches de insomnio cuando navego en el océano inmenso del internet. Sin pensarlo aprieto el botón de «Comprar en 1-Click». La Malinche sigue estática en la biblioteca del lector de libros electrónicos. Agradeceré cualquier comentario positivo acerca de la novela para animarme a olvidar el trabajo y la tesis y dejarme seducir por Marina y por Laura y así, través de la ficción conocer parte de la realidad.
