Tenía dieciséis años cuando me llevaron a Dzidzantún. Había estado en Mérida como participante de una exhibición de nado sincronizado. En realidad no recuerdo quién nos reunió ni por qué. Lo que sí sé es que, en agradecimiento, nuestro equipo fue invitado al municipio de Dzidzantún a comer a casa de alguno de los que había organizado el evento deportivo. Después de la sopa de lima, la cochinita pibil y la enchilada que me di al probar por primera vez el chile habanero, nos llevaron al Convento de Santa Clara Dzidzantún, un antiguo templo franciscano construido en el siglo XVI. Durante años no supe en dónde estaba. Es decir, sabía que estaba a una hora en coche de Mérida, pero no tenía idea de por qué había un templo franciscano en un pueblo perdido del sureste mexicano. Hace poco me enteré que fue este lugar el que los españoles bautizaron como Gran Cairo por ser el primer lugar en América en el que vieron edificios de piedra que podían asemejar a las pirámides de Egipto (o lo que ellos imaginaban como las pirámides pues ningún castellano de los que habían ido a América conocía Egipto). Fue durante la primera expedición que se hizo por órdenes de Diego de Velázquez y al mando de Francisco Hernández de Córdoba. ¿Cómo podían explicar los sobrevivientes de esa expedición lo que habían visto? Pocos tienen la capacidad de describir con simples palabras lo que los españoles encontraron tanto en el actual México como en el resto de la América española. Es por ello que mejor decidían enviar a la Península todo lo que podían (incluyendo oro obviamente).
