El Palacio de Cristal

En El Palacio de Cristal se podía encontrar de todo: hilos, listones, perfumes, juguetes y cuantas cosas viera el abuelo Salim en sus viajes a París. Eso es lo que yo imagino, aunque creo que él pocas veces hacía esos largos viajes que le hubieran tomado semanas (si no es que meses). ¿Se imaginan viajar en tren de Aguascalientes a la Ciudad de México, de ahí a Veracruz para tomar un barco a algún puerto del viejo continente y de ahí a París? Así que supongo que los viajes los hacía alguien más y no mi propio bisabuelo. Lo cierto es que la mercancía que se vendía en aquella tienda establecida en el parián de Aguascalientes provenía mayoritariamente de París. La alta sociedad hidrocálida ya no tenía que transportarse a la Ciudad de México para ir a las tiendas departamentales de moda. La modernidad había llegado a su ciudad y Salim, como buen libanés, supo hacer un gran negocio con los productos que vendía.

Salim Jirash Landi en El Palacio de Cristal. Archivo privado Familia Jirash

Cuando yo nací, el abuelo Salim tenía varios años de haber muerto y con él también murió su tienda. Aguascalientes fue abandonado por todos sus hijos pues la capital ofrecía mejor nicho de expansión. La única excepción fue mi abuelo quien desde joven demostró ser un mal «harbano». Es decir, el comercio siempre se le dio mal por lo que prefirió convertirse en médico y ejercer en su ciudad natal. Así pasaba yo todas mis vacaciones junto a mis primos en un casononón del que recuerdo cada uno de sus detalles. A unos cuantos pasos se encontraba el Parián y mi madre y mis tías nos llevaban por raspados, cómics o solo a pasar el rato. Ellas sentían nostalgia por la tienda desaparecida de su propio abuelo, nosotros no pues nunca la conocimos. Aunque la nostalgia se transmite y el día de hoy tengo ese mismo sentimiento por una época que no me tocó vivir.

El momento lamentable se dio cuando a Aguascalientes llegó la modernidad (o la posmodernidad en el sentido peyorativo de la palabra) y aquel mercado decimonónico construido de piedra y en donde cada arco marcaba la entrada a una tienda fue convertido en un centro comercial de colores chillantes y vidrios espejados.

Hoy he recordado esa historia por la imagen que encontré en un libro de historia acerca del vendedor de telas en el Parián de la Ciudad de México. Aquellos mercados característicos de México se han perdido. Menos mal que pervive esta magnífica fotografía de aquel libanés en El Palacio de Cristal.

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