Durante unos cuantos años fui una oficinista. Trabajaba en una compañía de seguros y odiaba mi vida. Un día, desde un pequeño escritorio decidí inscribirme a un curso de guía de turistas. El curso duraba seis meses y tenía que acudir (de manera presencial … en aquel entonces todo era de manera presencial) lunes, miércoles y viernes de 9 de la mañana a 3 de la tarde. Es decir, era imposible compaginar el trabajo de godinez (como lo llamamos en México) con esa nueva odisea que se me ocurrió explorar un día de aburrimiento en el trabajo. Así que no tuve de otra más que renunciar y persignarme y rogarle a la Virgen de Guadalupe que me estirara el dinero lo más que se pudiera (esto último no es verídico pues ya desde entonces rechazaba la tradición católica que se me había impuesto). El dinero no duró mucho y tuve que ir encontrando maneras de ganarme la vida. Lo que sí ha durado hasta ahora es la pasión con la que comencé realmente a conocer México. Uno de los viajes que hicimos fue al Convento de Huejotzingo en donde me enamoré de las pinturas que se pueden ver en los muros del convento franciscano que fue de los primeros que se construyeron en el México Colonial.
Cuando recuerdo esa etapa de mi vida pienso siempre en ese precioso convento cuyos frescos siguen en mi memoria, aunque hayan pasado ya veinte años desde la última vez que los vi.
